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Ciudadanos

Maribel Orgaz

periodista

¿Hacía donde caminan, hacia dónde van esos hombres coloreados de Jenaro Argente? ¿Hacia dónde corren veloces, con una mirada clavada, inmóvil, fija en la pupila de quienes les observa? Vaciados de sus entrañas, de sus órganos, hígado, corazón y  pulmones, por un proceso de casi succión, tras el cual el artista les injerta una tableta de chips, un trozo de algo sintético en donde debiera haber una materia cálida y palpitante, sustentadora de vida. Diríase que exteriormente, conservan su cualidad humana al límite de la forma. Quizá, tras vaciar una figura, ésta podría terminar de desaparecer,  en una especie de súbita autocombustión que no dejaría tan siquiera un rastro de cenizas. Parece que esas figuras aceleradas están al borde de la desintegración y sin embargo, su aspecto es sólido, trazan un arco poderoso con sus piernas, están poderosamente ahí,  mirando con insegura fiereza a cualquiera que les observe. Millones de hombres y mujeres van y vienen rápidos, vacíos, coloreados de publicidad, de cosas, de sueños, de espejismos, de metas inalcanzables en las ciudades del siglo XXI. Muchos de ellos, sólo consiguen sobrevivir sustituyendo un corazón humano por el preciso funcionamiento de un circuito impreso. Se nos habla de las ventajas de las ciudades, de convivir con decenas de miles de otros ciudadanos, semejantes a nosotros. De la libertad de costumbres, de pensamiento, de apertura intelectual que la ciudad representa. Frente al campo, la urbe sólo puede darnos el estímulo auténtico para empujarnos hacia delante. Frente a la contemplación de la belleza de un árbol, de un lago, de la floración de un paisaje; el hombre se relaja y se distiende, sus aspiraciones se adormecen en la contemplación de paisajes y formas que permanecen en su inconsciente desde que vagaba con taparrabos por las estepas.  En la ciudad, se nos dice, el hombre debe competir y mejorar si quiere lograr algo. Los ciudadanos son hombres que sueñan y desean, constantemente. No es difícil convivir con otros hombres, porque al fin y al cabo somos seres sociales, lo difícil es convivir con los sueños rotos de tantos otros que buscaron en la ciudad, una meta, un fin y no lo hallaron. Lo difícil es convivir con quienes ni siquiera saben a qué meta o a qué fin deben encaminarse. Es muy difícil vivir con personas para quienes el frenesí es un antídoto ante la desesperación. Es casi imposible convivir con quienes han convertido el movimiento, la aceleración y la prisa en un fin en sí mismo. De eso hablan esas figuras de Jenaro Argente. En las multitudes que suben y bajan, entran o salen, de oficinas, autobuses, calles y ascensores; lo único que permanece humano es su mirada fugaz e intensa; todo lo demás hace tiempo que fue sustituido por una sustancia ajena y extraña. El puro vaciamiento, la nada. 

 

 

 

 

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